A lo largo del abismo, por el borde del precipicio, por el borde mismo, les doy latigazos, fustigo mis caballos; me falta el aire, bebo el viento, trago neblinas, olfateo funestos arrebatos, ¡me lleva el diablo, el diablo me lleva! ¡Caballos, más despacio, más despacio, caballos! ¡No obedezcan el látigo chasqueante! ¡Pero qué caballos tan cereros me tocaron en suerte, no tuve tiempo de vivir, no tengo tiempo de cantar! Yo a los caballos cantaré, voy a terminar mi cuplé, ¿y al borde, aunque sea un poco, no me detendré? Voy a desaparecer, el huracán como polvo se escapa de mis manos el trineo me arrastra a galope por la nieve matinal ¡Caballos impacientes, adelántese, sólo un poco, caballos mios, prolonguen el camino hacia mi último destino! ¡Caballos, más despacio, más despacio, caballos! El látigo, la fusta no los van a enseñar. ¡Pero qué caballos tan cerreros me tocaron en suerte, y no pude vi vir y no tengo tiempo de cantar! Yo a los caballos cantaré, voy a terminar mi cuplé, ¿y al borde, aunque sea un poco, no me detendré? Siempre habrá tiempo para visitar a Dios. ¿Qué cantan con voz terrible los ángeles por allí? ¿O es que se me seca la campanilla de tanto sollozar? ¿O gritaré a los caballos para que no arrastren el trineo tan de prisa? ¡Caballos, más despacio, más despacio, caballos! ¡Les ruego que troten, no que vuelen! ¡Pero qué caballos tan cerreros me tocaron en suene, y no pude vivir y no tengo tiempo de cantar! Yo a los caballos cantaré, voy a terminar mi cuplé, ¿y al borde, aunque sea un instante, no me detendré’
© Juan Lius Hernández Milían. Traducción, 2010