Sueño con ratas y diablos, con insectos. Los azoro de mí, gimiendo y sollozando, pero, entonces, se me aparece el camarero y murmura: "Hay un remedio: hasta la muerte, ¡toma vino y cesará el tumulto, no verás visiones y el corazón y las aurículas tendrán calma y tu máscara empezará a derretirse!" Yo, otra vez, yo, y ustedes, créanme, pido poco a cambio de la inmortalidad: un gran camino, un caballo y un amigo. Bajando humildemente la cabeza ruego que el día que me vaya no me sigan, no me sigan llorando. ¡Misericordia!
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Claro que respeto a Fausto, claro que respeto a Dorian Gray, pero, ¿vender mi alma al diablo? ¡ni pensarlo! ¿Para qué las gitanas me tiraron las cartas y adivinaron el día de mi muerte? ¡Dios reserva para ti esa fecha, no la marques en el calendario o, en el último instante, cámbiala para que yo no espere, para que los cuervos no revoloteen, para que con lástima no berreen los corderitos, para que los hombres no me echen risitas en las sombras! De ellos, de todos, ¡pronto, oh, Dios mío, defiende mi alma que han sembrado de dudas y terrores!          
© Juan Lius Hernández Milían. Traducción, 2010